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miércoles, 15 de octubre de 2014

Fragmento: El sueño eterno (Raymond Chandler)

El sueño eterno (The Big Sleep) es la primera de la serie de ocho novelas policíacas de Raymond Chandler, escritor norteamericano de novela negra. Publicaba en 1939, también es la primera novela en la que aparece el cínico, honesto e icónico detective Philip Marlowe, personaje que protagonizaría toda su obra posterior.

jueves, 9 de octubre de 2014

Fragmento: El hombre que fue Jueves (G.K Chesterton)

El hombre que fue jueves es una novela del escritor británico G. K Chesterton publicada en 1908. La novela, con una trama detectivesca por momentos surrealista y de un humor exquisito, trata sobre la inflitración de un detective poeta, Gabriel Syme, en una sociedad secreta de filósofos terroristas anarquistas. Les dejamos un fragmento, la primera parte del capítulo cuarto.

martes, 8 de julio de 2014

Fragmento: Hambre (Knut Hamsun)

Hambre es una novela del escritor noruego Knut Hamsun, Premio Nobel de literatura en 1920. Escrita en 1890, la obra trata sobre las penurias económicas de un joven escritor anónimo que vagabundea por la ciudad de Christiania tratando de vencer el hambre. El protagonista, un ciudadano anónimo sin patria, hogar, familia, trabajo, con la única ambición de escribir artículos y no morirse de hambre o frío, se pasea desharrapado por la ciudad como un fantasma esquizofrénico, manteniendo largos soliloquios dementes consigo mismo que representan casi la totalidad de la narración. También destaca en su escritura la ausencia total de comillas, que dificultan a la hora de diferenciar si habla con alguien o se dirige a sí mismo, lo que hace todavía más enigmática su actitud. Además, Knut Hamsun es uno de los escritores más influyentes de la literatura moderna, y autores como Henry Miller, John Fante, Paul Auster, Ernest Hemingway, Charles Bukowski, Thomas Mann o Hernan Hesse han reconocido su influencia o se han declarado discípulos suyos.

martes, 1 de julio de 2014

Fragmento: Sobre héroes y tumbas (Ernesto Sábato)

Sobre héroes y tumbas, publicada en 1961 en Buenos Aires, es la segunda novela escrita por el autor argentino Ernesto Sábato. La historia principal, interrumpida constantemente por el relato histórico del General Lavalle, político y militar argentino, se desarrolla en el violento Buenos Aires de los años cincuenta. En esta novela, escrita en un tono áspero e intimista, existe un juego continuo con el narrador, alternando de persona en cada bloque o capítulo; por ejemplo, en el correspondiente al Informe sobre ciegos.

miércoles, 25 de junio de 2014

Fragmento: En el camino (Jack Kerouac)

En el camino es una novela semi autobiográfica escrita por el autor beat norte americano Jack Kerouac en 1951. La novela narra los viajes que hicieron Kerouac y sus amigos entre 1947 y 1950 por los Estados Unidos de America. En el camino cuenta con la narración del alter ego de Jack Kerouac (Sal Paradise) y su eje fundamental es la relación de este con uno de los iconos de la cultura beat, el díscolo Neal Cassady, que en la novela aparece como Dean Moriarty, así como la subcultura, la drogas o el sexo.

viernes, 6 de junio de 2014

Fragmento: El árbol de la ciencia (Pio Baroja)

El árbol de la ciencia es una novela semi-autobiográfica escrita por el autor español Pio Baroja y publicada en 1911. La novela, escrita en estilo seco, directo, áspero y descreído, refleja las inquietudes nacionales de la España de finales del siglo XX que pierde sus últimas colonias en América del Sur y Asia tras un conflicto armado con los Estados Unidos de América en 1898. Este evento catastrófico supuso la devastación del Imperio Español y la aparición de una de las generaciones literarias más brillantes de la historia de España, La generación del 98, a la que pertenecían, además del propio Baroja, autores como: Azorín, Machado, Valle-Inclán, Maeztu o Unamuno. El árbol de la ciencia tiene como protagonista al estudiante de medicina Andrés hurtado y trata temas tales como el caciquismo, el patriotismo hipócrita, la estulticia, el materialismo, el idealismo, el nihilismo, la muerte, la resignación o el suicidio.

Pio Baroja firmando
Pio Baroja

Sobre la mayoría de estos temas, debate Andrés con su tío Iturrioz en dos ocasiones que sirven para separar la novela. Les dejo un fragmento de una de ellas:

«- (...) La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿Se ríe usted?

—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.

—¡Bah!

—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?

—No recuerdo; la verdad.

—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no
comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?

—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.

(...)

—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.

—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?

—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza “x”, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios vida y verdad, voluntad e inteligencia.

—Ya debe haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.

—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva.

Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendecias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España, que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Éstos son profesores de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un “aissaua” de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académico francés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo».

martes, 27 de mayo de 2014

Fragmento: Viaje al fin de la noche (Louis-Ferdinand Céline)

Viaje al fin de la noche es una novela  satírica escrita por el escritor francés Louis-Ferdinand Céline en 1932. La novela está escrita en un lenguaje procaz, irreverente, violento, y atropellado, y trata de imitar la jerga francesa de aquellos años. El protagonista de la novela es  Ferdinand Bardamu, un joven estudiante de medicina que termina alistándose en el ejército tras una discusión absurda con un compañero.  Céline, con su prosa inconfundible y su sardónica visión del mundo, lo ataca absolutamente todo: religión, capitalismo, guerra, filantropía, amor, progreso, colonialismo... Y el inicio de la novela es brillante, un sencilla demostración de la imbecilidad humana.


fotografía de Céline donde mira a la cámara con gesto serio y descreído
Louis-Ferdinand Céline
En el fragmento que viene a continuación, Ferdinand charla encerrado en un manicomio con su amante de entonces, una americana llamada Lola. Uno de los discursos más neuróticos y lucidos que he tenido el gusto de leer:

«¿Es verdad que te has vuelto loco, Ferdinand?», me preguntó.

«¡Sí!», confesé. «Entonces, ¿te van a curar aquí?»

«No se puede curar el miedo, Lola.»

«¿Tanto miedo tienes, entonces?»

«Tanto y más, Lola, tanto miedo, verdad, que, si muero de muerte natural, más adelante, ¡sobre todo no quiero que me incineren! Me gustaría que me dejaran en la tierra, pudriéndome en el cementerio, tranquilo, ahí, listo para revivir tal vez... ¡Nunca se sabe! Mientras que, si me incineraran, Lola, compréndelo, todo habría terminado, para siempre... Un esqueleto, pese a todo, se parece un poco a un hombre... Está siempre más listo para revivir que unas cenizas... Con las cenizas, ¡se acabó!... ¿Qué te parece?... Conque, la guerra, verdad...»

«¡Oh! Pero entonces ¡eres un cobarde de aúpa, Ferdinand! Eres repugnante como una rata...»

«Sí, de lo más cobarde, Lola, rechazo la guerra por entero y todo lo que entraña... Yo no la deploro... Ni me resigno... Ni lloriqueo por ella... La rechazo de plano, con todos los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean noventa y cinco millones y yo sólo uno, ellos son los que se equivocan, Lola, y yo quien tiene razón, porque yo soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca.»

«Pero, ¡no se puede rechazar la guerra, Ferdinand! Los únicos que rechazan la guerra son los locos y los cobardes, cuando su patria está en peligro...»

«Entonces, ¡que vivan los locos y los cobardes! O, mejor, ¡que sobrevivan! ¿Recuerdas, por ejemplo, un solo nombre, Lola, de uno de los soldados muertos durante la guerra de los Cien Años?... ¿Has intentado alguna vez conocer uno solo de esos nombres?... No, ¿verdad?... ¿Nunca lo has intentado? Te resultan tan anónimos, indiferentes y más desconocidos que el último átomo de este pisapapeles que tienes delante, que tu caca matinal... ¡Ya ves, pues, que murieron para nada, Lola! ¡Absolutamente para nada, aquellos cretinos! ¡Te lo aseguro! ¡Está demostrado! Lo único que cuenta es la vida. Te apuesto lo que quieras a que dentro de diez mil años esta guerra, por importante que nos parezca ahora, estará por completo olvidada... Una docena apenas de eruditos se pelearán aún, por aquí y por allá, en relación con ella y con las fechas de las principales hecatombes que la ilustraron... Es lo único memorable que los hombres han conseguido encontrar unos en relación con los otros a siglos, años e incluso horas de distancia... No creo en el porvenir, Lola...»

Cuando descubrió hasta qué punto fanfarroneaba de mi vergonzoso estado, dejé de parecerle digno de la menor lástima... Despreciable me consideró, definitivamente.

Decidió dejarme en el acto. Aquello pasaba de castaño obscuro. Cuando la acompañé hasta la puerta de nuestro hospicio aquella noche, no me besó.

Estaba claro, le resultaba imposible reconocer que un condenado a muerte no hubiera recibido al mismo tiempo vocación para ello. Cuando le pregunté por nuestros buñuelos, tampoco me respondió.