sábado, 28 de junio de 2014

Traducción: The Meaning of American Pie (El significado de American Pie)

Fuente (texto original): https://www.cfa.harvard.edu/~jdevor/links/TheMeaningOfAmericanPie.htm


American Pie – Don McLean
La canción es un tributo a Buddy Holly y un comentario sobre cómo cambió el rock and roll después de su muerte. McLean se lamenta de la ausencia de buena música bailable de fiesta, atribuyéndolo a la muerte de Buddy Holly y otros. 

A long, long time ago [Hace mucho mucho tiempo]
El álbum que contenía "American Pie" se publicó en 1972. Buddy Holly murió en 1959.

I can still remember how that music used to make me smile [Aún recuerdo cómo esa música me hacía sonreír]

And I knew if I had my chance [y sé que, si tenía la oportunidad,]

That I could make those people dance [podía conseguir que la gente bailara]

And maybe they'd be happy for a while [y quizá fueran felices por un momento]
Una de las primeras funciones del rock and roll era ser una música bailable para distintos eventos sociales. McLean recuerda que deseaba convertirse en un músico que tocara ese tipo de música.

miércoles, 25 de junio de 2014

Fragmento: En el camino (Jack Kerouac)

En el camino es una novela semi autobiográfica escrita por el autor beat norte americano Jack Kerouac en 1951. La novela narra los viajes que hicieron Kerouac y sus amigos entre 1947 y 1950 por los Estados Unidos de America. En el camino cuenta con la narración del alter ego de Jack Kerouac (Sal Paradise) y su eje fundamental es la relación de este con uno de los iconos de la cultura beat, el díscolo Neal Cassady, que en la novela aparece como Dean Moriarty, así como la subcultura, la drogas o el sexo.

sábado, 21 de junio de 2014

Fragmento: Groucho y yo (Groucho Marx) Cartas a la Warner

Groucho y yo es una novela autobiográfica escrita (creánlo o no) por el cómico norteamericano Groucho Marx en 1959. En ella narra con su ingenio habitual diferentes aspectos de su vida, haciendo un recorrido por su infancia, su adolescencia, y centrándose luego en sus primeras actuaciones para terminar contando algunas anécdotas personales en las que se permean algunas de sus manías.

miércoles, 18 de junio de 2014

Fragmento: Breviario de podredumbre (Emil Cioran)

Breviario de podredumbre es un libro escrito en francés por el autor rumano Emil Cioran. Escrita en en un estilo aforístico y un humor corrosivo, representa una crítica mordaz al idealismo, principio de todo fanatismo, la religión, la política y la filosofía.

miércoles, 11 de junio de 2014

Reseña de Pregúntale al polvo (John Fante) y prólogo de Charles Bukowski

Pregúntale al polvo (Ask the dust) es una novela semi-autobiográfica del escritor norteamericano John Fante. Publicada por primera vez en el año 1939 por la editorial Stakpole, no fue hasta los ochenta cuando la obra adquirió cierta fama, gracias a una reedición insistida por el popular escritor Charles Bukowski, quien idolatraba a Fante desde que se encontrase por casualidad este libro en una de las estanterías de la Biblioteca Municipal de Los Angeles a la que acudía.

lunes, 9 de junio de 2014

Fragmento: Un hombre acabado (Giovanni Papini)

Un hombre acabado es una novela autobiográfica escrita en 1912 por el escritor italiano Giovanni Papini. En el libro Papini nos habla de su infancia, su adolescencia y etapa adulta en un tono melancólico y desconsolador, nos explica sus primeros coqueteos con la literatura, sus descubrimientos filosóficos, amistades, sus éxitos, fracasos y sus peores miedos.

fotografía de giovanni papini
Giovanni Papini
El fragmento pertenece al capítulo VIII "El descubrimiento del mal": 

De una infancia salvaje y precozmente introspectiva: de una humillada soledad impuesta por la timidez: de la adversidad y la miseria; de las repetidas derrotas de un enciclopedismo demasiado ambicioso; del lirismo elegiaco rumiado por caminos grises, entre muros ennegrecidos bajo cielos de ceniza; de los confusos ímpetus hacia una vida heroica, digna, poética en seguida negados y anegados en la maldita continuidad de una vida reducida, provinciana, estrecha y mortificante, surgió un pesimismo desesperado y encerrado en sí mismo como en una fortaleza sin ventanas. Apenas el intelecto —al fin de la adolescencia— fue mayor de edad, pidió sus razones a la vida y no obtuvo respuesta. La teoría dio forma a la melancolía. A la tristeza física absoluta de las tardes festivas invernales, siguió la investigación acerca de los bienes y de los males de la existencia, y el espíritu respondía o no a toda promesa; replicaba no a todo sueño inverosímil, a todo falso placer, y soplaba sobre los últimos encantos como el viento de medianoche, sobre la escasa llama subsistente de una mala luminaria.

A la languidez de las vigilias fantaseadoras, cuando entran ganas de compadecerse a sí mismo, sin razón, como nunca se compadecerá nadie, siguieron las investigaciones acerca de la naturaleza del dolor, sobre la brevedad de las alegrías, sobre el balance de la felicidad terrestre, a los sonetos patéticos por el fin de los días y de los otoños, siguió la firme intención de protestar pública y racionalmente contra la bestial aceptación de la vida.

A esa edad, la perpetua interrogación inútil, se me representó con las mismas palabras de todos los tiempos y de todos los tediosos: ¿la vida es digna de ser vivida?

¿Qué podia responder? La vida me prometía poco y no me daba nada. No podía esperar riqueza —ni triunfos en los estudios, ya que desde el principio había enfilado por necesidad un camino escolar, breve y mediocre —ni amor de las mujeres, porque era feo y miedoso— ni ilimitación de saber, porque me dañaba el pensar en las empresas truncadas. Pocos se cuidaban de mí, nadie me quería bien, excepto mi padre y mi madre, demasiado lejanos de esta alma que venía de ellos y que, sin embargo, a ellos mismos parecía extraña.

No me quedaba más que el pensamiento: siempre me había gustado generalizar, estrechar relaciones entre hechos aislados, adivinar leyes, desmontar y remontar teorías. Poco antes, con la "Scienza nuova" mal comprendida, se me había puesto en la cabeza, construir una filosofía de la historia literaria, y me había imaginado descubrir los cursos y recursos del arte, las causas de las grandezas y de las decadencias en las literaturas. Desde entonces, Taine me abría el cerebro y sentía envidia por aquella su facilidad de componer esquemas claros, ordenados y simétricos de ideas, apenas coloreados, entre una y otra línea, de abundancia de hechos; el demonio teórico acechaba al niño poeta y me inspiraba las fórmulas, los sentimientos y los bien deducidos corolarios.

Ya armado el pensamiento, se lanzó, pues, a esta vida miserable, sin carnavales y sin faros y se apresuró a descubrir en ella el vacío y callado dolor. ¿Está toda aquí? A cada deseo, una repulsa; a cada aspiración, un mentís; a cada esfuerzo una bofetada; a todo el anhelo de felicidad que nos toma a los dieciséis, a los dieciocho años, la promesa de la nada. ¡La nada enmascarada de cien maneras! Fe, gloria, arte, acción, paraíso, conquista: máscaras en el rostro, ojeras sin ojos, bocas sin lenguas, besos sin respuesta.

La vida, para ser llevadera, debe ser intensamente vivida. La sensibilidad la rellena de cuando en cuando, y si es verdad que cambia semejante al agua que corre, al menos nos transporta como una corriente que puede parecer igual y eterna. Pero si la vida se analiza y se la desnuda y desuella con el pensamiento, con la razón, con la lógica, con la filosofía, entonces el vacio se muestra sin fondo, la nada confiesa francamente su nulidad y la desesperación se apoya en el alma como el ángel se posó sobre el sepulcro abandonado por el hijo de Dios.

Así sucedió que me afirmé, con todo el ardor de una vida ascendente, en la negación de la vida. Mi respuesta —la única posible entonces— a la maligna injusticia de la suerte y a la silenciosa enemistad de los hombres, fue la persuasión de la infinita vanidad del todo, de la canallería congénita y de la infelicidad indestructible del género humano.

Mi pesimismo, aunque lo proclamase y lo creyese radicalísimo, no fue consecuente y no llegó hasta donde podía y debía llegar. Fue, al principio, sentimental, poético-literario. El enciclopédico rabioso y el lírico en germen que había en mí, se repartieron la obra. Hasta el descubrimiento de la infelicidad de la vida fue un pretexto para nuevas compilaciones. Recogí en mis lecturas todos los desahogos de los poetas, los efectos de los dramaturgos, los incisos de los oradores, las admoniciones de los predicadores, los aforismos de los filósofos a medias y enteros, donde hubiese, velada o no, demostrada o lamentada, la inutilidad de la existencia,la supremacía del mal, la tristeza de los sueños interrumpidos, de las ilusiones laceradas; el descorazonamiento del pasado que no vuelve, la desesperación que doblega y trunca el alma cuando se ha girado en torno a la vida por todas partes —isla breve y apenas iluminada por el infinito gozo de la nada. Así, pues, reuní una fúnebre compilación del dolor hecho verbo, donde los dísticos, las paradojas, las quejas y las lamentaciones de los hombres, distantes en el espacio, en el tiempo y en el espíritu, se encontraron juntos, como el coro angustioso del descontento humano...

No solamente por curiosidad literaria: era sincero. El hecho de encontrar en otros tales desfallecimientos y tales maldiciones, me daba ánimo. Me parecía no estar ya tan sólo, me parecía haber encontrado a los hermanos, a los compañeros nacidos para mí, a los muertos consoladores. Me imaginaba no poder equivocarme en mi negación, y que ésta no era solamente la protesta cobarde de un muchacho estropeado por la desordenada fantasía.

Pero no sólo hacía una exposición de sentencias: pensaba yo hacer un libro, el verdadero libro sobre la vida, el libro que habría debido decidir de una vez para siempre a cada hombre a menospreciar de sí mismo, de los demás y de la existencia entera, la desestima que se merecen. En ese tiempo tropecé por primera vez con una gran filosofía. Hojeé, leí, medité a Schopenhauer, a trozos, a pedazos, a intervalos pero lo suficiente como para comprender que la ciencia hacedera de los libritos de geología o de evolución, no era el punto más alto a que podía alcanzar la inteligencia cognoscitiva. E intenté trazar una historia del pesimismo, y así recorrí, a grandes pasos, la historia de la filosofía, donde otras ideas, además de las negativas y dolientes, me atrajeron y despertaron mi curiosidad.

El erudito ya no estaba solo: el teórico crecía y se robustecía. El asiento de mi sistema pesimista —fundado sobre la ley de que precisamente los fines más deseables son necesariamente inasequibles —fue acompañado de alegrías intelectuales casi nuevas para mí. Y no olvidé transportarme a los extremos y la totalidad. Me disgustaba en Schopenhauer la hostilidad al suicidio. En cambio, yo preparé como última parte de mi gran obra, una estoica proposición de suicidio universal. No ya por escándalo: no veía otra salida. Suicidio individual, no, porque es ridícula e inútil: sino suicidio en masa, suicidio consecuente y concordemente deliberado, tal que quedara sola y desierta la tierra, rodando inútilmente en los cielos. Imaginaba poder fundar una sociedad que poco a poco debería ir creciendo y extendiéndose junto con la difusión de mi irrefutable libro. Cuando esta liga de los desesperados hubiese ensamblado exactamente con la humanidad entera, se elegiría el gran día —¡el fin! Había pensado hasta en los medios, me parecía que el veneno era el preferido. ¡Idioteces, niñerías! Empero, el pensamiento fijo de ser el apóstol de ésta suprema conclusión de la vida, fue para mí, durante cierto tiempo, el único pretexto para seguir en ella. Y consentí en vivir únicamente con la esperanza ridícula de hacer morir conmigo a todos los hombres.

viernes, 6 de junio de 2014

Fragmento: El árbol de la ciencia (Pio Baroja)

El árbol de la ciencia es una novela semi-autobiográfica escrita por el autor español Pio Baroja y publicada en 1911. La novela, escrita en estilo seco, directo, áspero y descreído, refleja las inquietudes nacionales de la España de finales del siglo XX que pierde sus últimas colonias en América del Sur y Asia tras un conflicto armado con los Estados Unidos de América en 1898. Este evento catastrófico supuso la devastación del Imperio Español y la aparición de una de las generaciones literarias más brillantes de la historia de España, La generación del 98, a la que pertenecían, además del propio Baroja, autores como: Azorín, Machado, Valle-Inclán, Maeztu o Unamuno. El árbol de la ciencia tiene como protagonista al estudiante de medicina Andrés hurtado y trata temas tales como el caciquismo, el patriotismo hipócrita, la estulticia, el materialismo, el idealismo, el nihilismo, la muerte, la resignación o el suicidio.

Pio Baroja firmando
Pio Baroja

Sobre la mayoría de estos temas, debate Andrés con su tío Iturrioz en dos ocasiones que sirven para separar la novela. Les dejo un fragmento de una de ellas:

«- (...) La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿Se ríe usted?

—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.

—¡Bah!

—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?

—No recuerdo; la verdad.

—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no
comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?

—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.

(...)

—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.

—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?

—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza “x”, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios vida y verdad, voluntad e inteligencia.

—Ya debe haber filósofos y biófilos —dijo Iturrioz.

—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva.

Los otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du Bois-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las tendecias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España, que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Éstos son profesores de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos dicen que la ciencia fracasa y que el materialismo, el determinismo, el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos, como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un “aissaua” de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparrabos, son seres refinados y cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académico francés! Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo».