lunes, 1 de mayo de 2017

Fragmento: Cartas a Milena (Franz Kafka)

Las Cartas a Milena representan un compendio de misivas que el escritor Franz Kafka le envió a la escritora, periodista y traductora de sus obras en checo Milena Jesenská entre 1920 y 1922. El escritor y la periodista se habían conocido un año antes en una reunión entre amigos comunes. Las misivas comienzan por la motivación de estas traducciones y pronto les conducirá a ambos hacia una relación íntima y sentimental. Las cartas que Milena le envió a Kafka se destruyeron. Sus encuentros, a causa de la falta de dinero y de la pobreza de salud de Kafka, fueron discontinuos.

Franz Kafka


«Lunes por la tarde
 
Sería un embustero si no dijera algo más que hoy, en la carta de la mañana. Sobre todo porque me dirijo a ti, ante quien puedo hablar con tanta libertad como ante nadie, pues nadie ha estado hasta ahora tan cerca de mí, tan a conciencia y a voluntad como tú, a pesar de todo, a pesar de todo. (Establece la distinción entre el gran A Pesar de Todo y el gran No Obstante.)
 
Las mejores cartas que me has escrito (y eso es mucho decir, pues tus cartas en totalidad son, casi línea por línea, lo mejor que haya ocurrido en mi vida) son aquéllas en las cuales justificas mi “miedo” y, al mismo tiempo, procuras explicarme que no debo sentirlo. Pero ocurre que también yo, aunque a veces parezca un sobornado defensor de mi “miedo”, probablemente lo justifique en lo más hondo de mí. Es más: ese miedo es parte de mí y quizá sea lo mejor de mí. Y puesto que es lo mejor de mí, quizá sea también lo único que tú amas. Pues ¿qué cosa digna de amar puede encontrarse en mí? Mi miedo, en cambio, es digno de ser amado.
 
Y cuando una vez me preguntaste cómo podía decir que había pasado un sábado agradable, si tenía ese miedo en el corazón, no me pareció difícil explicártelo. Puesto que te amo (y te amo, pues, conceptualizadora mía; como el mar ama a un diminuto guijarro hundido en sus profundidades, de la misma manera le envuelve mi amor ... y ojalá yo sea también para ti ese guijarro, si el Cielo lo permite), amo el mundo entero y a ese mundo pertenece también tu hombro izquierdo, no, primero fue el derecho y por eso lo beso cuando quiero (y tú eres tan tierna como para apartar la blusa) y a ese mundo pertenece también tu hombro izquierdo y tu rostro sobre mí en el bosque y tu rostro bajo mí en el bosque y ese descansar sobre tu pecho casi desnudo. Y por eso tienes razón cuando dices que ya fuimos uno, y eso no me produce miedo alguno, es mi única dicha y mi único orgullo y no lo limito para nada al bosque.
 
Pero entre ese día-mundo y aquella “media hora en la cama” de la cual hablabas con tanto desprecio en una carta, definiéndola como cosa de hombres, existe para mí un abismo que no puedo franquear, probablemente porque no quiero. Allí hay un asunto de la noche, en todo sentido un asunto de la noche; aquí está el mundo y yo lo poseo y se supone que yo franquee el precipicio para penetrar en la noche y para apoderarme otra vez de ella. ¿Puede uno apoderarse otra vez de algo? ¿No equivale eso a perderlo? Aquí está el mundo, que yo poseo, y se pretende que yo franquee el abismo en nombre de un inquietante hechizo, un conjuro, una piedra filosofal, una alquimia, un anillo mágico. No quiero saber nada de eso, me inspira un miedo horrible.
 
¡Tratar de atrapar en una noche, por medio de una hechicería, a toda prisa, jadeante, desvalido, poseído, tratar de atrapar por medio de una hechicería lo que cada día ofrece a los ojos abiertos! (“Quizá” no haya otra manera de engendrar hijos, “quizá” los hijos también sean un hechizo. Dejemos ese tema por ahora.) Por eso estoy tan agradecido (a ti y a todo) y por eso es, pues, samozrejmé71 que junto a ti me sienta absolutamente sereno y absolutamente inquieto, absolutamente coaccionado y absolutamente libre, razón por la cual, luego de haberlo comprendido, he renunciado a todo el resto de la vida. ¡Mírame a los ojos!
 
Por Frau K. me entero de que los libros han sido trasladados de la mesa de luz al escritorio. Tendría que habérseme consultado antes si estaba de acuerdo con el traslado. Y yo habría dicho: ¡no!
 
Y ahora agradéceme. Tengo ganas de escribir algo loco en estos últimos renglones (algo locamente celoso), pero he logrado reprimir ese deseo.
 
Y ahora basta, ahora cuéntame algo de Emilie.
 
Lunes por la noche
 
Es tarde, después de un día un poco sombrío, a pesar de todo. Es probable que mañana no reciba carta tuya. Ya recibí la del sábado y si hubieras escrito el domingo sólo podría recibirla pasado mañana, de modo que el día estará libre de las influencias de una carta. Es curioso cómo me deslumbran tus cartas, Milena.

Desde hace una semana o más, siento que te ha ocurrido algo, algo repentino o paulatino, algo fundamental o incidental, algo claro o semiinconsciente; sea como fuere, sé que ese algo está ahí. Lo advierto, no tanto por detalles de las cartas —por más que esos detalles existen—, como por los recuerdos que las colman (recuerdos muy especiales); porque si bien respondes a todo como de costumbre, tus respuestas no son completas; porque estás triste sin motivo; porque me envías a Davos; porque de pronto, deseas ese encuentro. (Habías aceptado sin discusión mi consejo de no venir; habías declarado que Viena no era adecuada para el encuentro; habías dicho que no nos encontraríamos antes de tu viaje, y ahora en dos o tres cartas esa prisa. Tendría que alegrarme mucho; pero no puedo, pues en tus cartas campea algún miedo secreto, no sé si por mí o en contra de mí, y hay miedo en esa repentineidad y en esa prisa con que reclamas el encuentro. Sea como fuere, estoy muy contento de haber encontrado una posibilidad y, sin duda, es una posibilidad. Aun cuando no pudieras alejarte de Viena por una noche, podría concretarse si sacrificáramos algunas de las horas que podemos pasar juntos. Tú partirías rumbo a Gmünd con el rápido dominical, a eso de las 7 de la mañana —como lo hice yo en aquella ocasión—, llegarías a eso de las 10, yo te estaría aguardando y, como sólo partiría a las 4.30 de la tarde nos quedarían siempre seis horas para permanecer juntos. Tú viajarías entonces de regreso a Viena en el rápido de la noche y llegarías a las 11.15. Una breve excursión dominical.)
 
De modo que por eso estoy inquieto o, mejor dicho, por eso no estoy inquieto, tan grande es tu poder. En lugar de sentirme más que inquieto, porque intentas callar algo o debes callar algo o lo callas sin advertirlo, y bien, en lugar de intranquilizarme más por eso, permanezco tranquilo, tan grande es mi confianza en ti, pese a tu belleza. Pienso que si callas algo, será porque debes hacerlo.
 
Pero existe otra razón realmente extraordinaria para que me mantenga tranquilo. Tienes una peculiaridad —creo que está en lo más hondo de tu naturaleza y es culpa de los demás si su efecto no es general— que no he encontrado en nadie más y que ni siquiera puedo entender bien, pese a haberla encontrado en ti. Es tu incapacidad para hacer sufrir. No es por piedad, sino porque simplemente no puedes. Es fantástico: me he pasado la tarde entera pensando en eso, pero ahora no me atrevo a escribir lo que pensé; quizá todo esto no sea más que una excusa más o menos buena para un abrazo.
 
Y ahora a la cama. ¿Qué estarás haciendo en este momento, lunes alrededor de las 11 de la noche?».

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