martes, 5 de agosto de 2014

Poesía: Las flores del mal (Charles Baudelaire)

Del poemario: Las flores del mal. Autor: Charles Baudelaire. Fecha de publicación: 25 de junio de 1857. Traducción de: Ángel Lazaro.

"Las flores del mal", ilustración del pintor simbolista Carlos Schwabe.

Poemas seleccionados: Al lector, Una carroña, Spleen y La destrucción:

Al lector:

La necedad, el yerro, la culpa, la codicia,
ocupan nuestro espíritu, trabajan nuestro cuerpo,
y como los mendigos se nutren de miseria,
nosotros nos nutrimos de los remordimientos.

Nuestro pecado es terco, la contrición, cobarde;
nos hacemos pagar muy bien lo confesado,
y creyendo lavar con vil llanto las culpas,
nos volvemos alegres al camino de fango.

En la almohada del mal es Satán Trimegisto
el que sabe mecer y embrujar nuestra alma,
y el precioso metal de nuestra voluntad
evaporar su mano químicamente sabia.

El diablo es quien maneja los hilos que nos mueven.
Atractivo encontramos en lo más repugnante;
cada día al infierno descendemos un paso
por tinieblas hediondas y espantosos lugares.

Igual que un libertino que besara y mordiese
el seno maltratado de una vieja ramera,
robamos al pasar un placer clandestino
que exprimimos lo mismo que una naranja seca.

Espeso, hormigueante, como un millón de helmintos,
un pueblo de demonios hierve en nuestro cerebro
y cuando respiramos baja a nuestros pulmones,
como un río invisible, la muerte, el paso quedo.

Si el estupro, el veneno, el incendio, el puñal,
no han bordado hasta ahora dibujos a capricho
en este cañamazo que destino llamamos
es, ¡ay!, porque no somos lo bastante atrevidos.

Pero entre los chacales, las panteras, los linces,
los monos y escorpiones, los buitres, las serpientes,
los monstruos aulladores, rampantes, gruñidores,
en esa fauna horrible del vicio, ¡uno aparece

más feo todavía, más malo, más inmundo!
Sin gesticulaciones, sin lanzar grandes gritos,
hiciera, por su gusto, de la tierra un despojo,
se tragaría el mundo de un bostezo infinito:

¡es el tedio! Él nos llena de llanto sin motivo,
y fumando su pipa, imagina cadalsos.
Tú conoces, lector, al delicado monstruo
-hipócrita lector-, -igual a mí-, ¡mi hermano!

****

Una carroña:

Recuerda aquella cosa que vimos, alma mía,
Un día soleado:
Al lado de un sendero una carroña había,
Un cuerpo espatarrado.

Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica
Emanando veneno,
Era allí, abandonada, de la muerte la rúbrica,
Con el vientre de cieno.

El sol resplandecía sobre esa podredumbre
Como para cocerla,
Y a la naturaleza -¡oh milagrosa lumbre!-,
Dando ciento por uno devolverla.

El cielo la soberbia osamenta miraba,
Que era un cráneo o una flor.
Y tu cuerpo en la hierba casi se desmayaba,
¡tan fuerte era el hedor!

Las moscas sobre el vientre daban su bordoneo,
mientras iban saliendo en negros batallones
las larvas que corrían como un liquido feo
sobre aquellos jirones.

Todo ello descendía, subía cadencioso,
latía, destellaba;
dijérase que el cuerpo, a un soplo misterioso,
viviendo se agitaba.

El mundo daba entonces una música extraña
como el agua y el viento,
o el grano que el harnero sobre la parva apaña
con suave movimiento.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo confuso en la tela olvidado
al que el pintor un día da el último pergeño
con el pincel que pinta sólo lo recordado.

Y detrás de las rocas estaba un perro inquieto
que nos miraba airado,
esperando el momento de husmear el esqueleto
en busca del bocado.

Tú serás algún día igual que esta basura,
que esta horrible infección,
estrella de mis ojos, calor de mi ternura,
¡ángel de mi pasión!

¡Sí! Tal habrás de ser, ¡oh mi dulce querida!,
después del postrer sacramento,
cuando tus huesos bajo la tierra florecida
escuchen su memento.

Entonces, ¡oh mi bella!, dile tú a los gusanos,
pululando en tus huesos,
que aún guardará el recuerdo de tus besos malsanos
la esencia de mis besos.

****

Spleen:

Cuando el cielo caído pesa como una losa
sobre el gimiente espíritu sumido en su letargo,
y el horizonte es una terrible cosa
que hace eterna la noche y el día más amargo;

cuando el mundo es igual que un calabozo frío
donde, como un murciélago a ciegas, bate el ala
la esperanza en el muro, y se cuelga el hastío
de los techos podridos, y la llovizna cala

las paredes, dejando esos largos regueros
que semejan las rejas de una vasta prisión,
y cuando las arañas de alfileres arteros
van tejiendo su tela en nuestro corazón,

hay campanas que empiezan a sonar de repente,
lanzando hacia los cielos sus fúnebres clamores,
como gentes sin patria que van eternamente
gritando su desdicha, su angustia, sus dolores.

Carrozas funerales, en marcha silenciosa,
desfilan por mi alma en lenta procesión;
la esperanza vencida, la angustia victoriosa
clavan sobre mi cráneo su negro pabellón.

****

La destrucción:

El demonio a mi lado acecha en tentaciones;
como un aire impalpable lo siento en torno mío;
lo respiro, lo siento quemando mis pulmones
de un culpable deseo con que, en vano, porfío.

Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte,
de la más seductora de todas las mujeres;
con pretextos y antojos que no hecho a mala parte
acostumbra mis labios a nefandos placeres.

Cada vez más, me aleja de la dulce mirada
de Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada
en medio de las negras llanuras del hastío.

Y pone ante mis ojos llenos de confesiones,
heridas entreabiertas, espantosas visiones...
la destrucción preside este corazón mío. 

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